Peítos emocionales: ¿dónde y cuándo te los tiras tú?

Aguantar una emoción es como aguantar un peo, produce malestar,  se escapa cuando menos lo esperas y al liberarla sientes gran alivio.

Un pedo es, según lo define la Real academia de la lengua española, es  “una ventosidad que se expele del vientre por el ano”. En Chile le decimos “peo” y, aunque biológicamente es de gran importancia, no me detendré ahora a describir a este fenómeno en detalle desde sus funciones o características fisiológicas, sino más bien desde la vivencia.

Hablemos las cosas como son, soltar un peo produce un gran alivio; al igual que las otras funciones excretoras que desarrollamos como organismo viviente. Esto tiene una razón muy obvia, y es que los desechos que producimos están hechos para soltarlos lo antes posible, aun cuando en nuestra vida vamos desarrollando habilidades para poder retenerlos un tiempo que variará de acuerdo a lo que la situación ambiental y nuestros deseos indiquen.

Desde pequeños hemos sido educados de acuerdo a las costumbres de nuestra cultura, donde se nos ha inculcado que está mal tirarse un peo en público, que necesitamos aguantarlos /retenerlos dentro de nosotros) y buscar un lugar adecuado para liberarlos de manera de no afectar con su olor a otras personas, así que el problema en realidad no es el peo, sino su efecto, es decir: su olor y el desagrado de los demás. De cualquier forma, esta educación va enseñándonos a des-oír la natural sabiduría de nuestro organismo, que nos mueve a liberar sus desechos, y vamos poco a poco identificándonos con un estándar ajeno y desde cierto punto de vista anti-natural, pero en fin, así es nuestra sociedad y aquí estamos, acostumbrados a vivir en un permanente divorcio de nosotros mismos.

Ahora bien, se nos presenta aquí un problema para resolver: el malestar en nuestro cuerpo al retener el peo.

Como mencioné antes, nuestra educación ha incluido la entrega de recursos para poder lidiar con el malestar de la retención de nuestros peos y la adecuación de su liberación al contexto social, así que, como personas socializadas-educadas, somos capaces de emplear diversas estrategias como por ejemplo: aguantar y esperar a estar en el momento y lugar oportuno para liberarlos con todo el ruido necesario, soltarlos de a poco y en silencio etc., lo importante es que como ven: nos ajustamos para liberarnos de él y del malestar producido por su retención.

Peligro Inminente:

Aun cuando seamos expertos en el “manejo de nuestros peos”, siempre que los retenemos o aguantamos somos conscientes del peligro que implica esto: que se nos escape en el lugar y momento en que menos esperamos o  que, eventualmente nos enfermemos. Cuando se nos escapa, nos sentimos avergonzados y seguramente somos objeto de alguna que otra burla; cuando nos enfermamos, sufrimos los típicos dolores abdominales e incluso en otros lugares de nuestro cuerpo que a veces son bastante dolorosos, dando paso a lo que en el lenguaje coloquial denominamos “tener un peo atravesado”. Es importante señalar que la retención de estos gases puede también tener consecuencias muy graves desde el punto de vista biológico, por lo que si te sucede de manera involuntaria, te recomiendo visites a un médico.

Con todo este conocimiento que hemos ido adquiriendo, somos conscientes de que “si o si” necesitamos tirarnos los peos en algún momento y lugar: después de esa reunión, en el baño o en presencia de alguna persona de nuestra confianza. En general nuestro hogar es un buen lugar ya que, la mayoría de las veces si no son bien recibidos son “aceptados”, esto sucede porque estamos con las personas que nos aman, que nos vieron crecer y que conforman nuestro grupo humano más cercano y de confianza, que en psicología social se llama “grupo primario”.

Como nota importante cabe señalar que toda esta problemática y discusión nos sobreviene como aprendida, ya que cuando somos niños nos tiramos los peos simplemente cuando vienen, con lo que nos ganamos la cariñosa sonrisa de los adultos al escuchar el ruido o sentir nuestros olores. Es cierto que, a veces se presentan algunos cuadros clínicos donde los “peitos” no salen y nuestros padres seguramente se esforzaron en que recuperáramos esa función excretora lo más pronto posible siguiendo las indicaciones del médico y cambiando nuestra dieta etc., equilibrándose nuevamente nuestra interacción con el mundo facilitando la entrada de alimentos sanos y la salida de los desechos de manera armónica.

¿Y nuestras emociones que?

Bueno para el caso de nuestras emociones la situación es un poco diferente, ya que si bien la mayoría de los adultos de nuestro país han sido educados para retener sus emociones (no llorar, no enojarse, no sentir miedo e incluso no reírse en exceso), pocos han sido educados en el “manejo de sus emociones”.

En términos simples, las emociones son nuestra forma de responder a las condiciones ambientales para sobrevivir, o la forma en que nos unimos al ambiente en una determinada situación. Por ejemplo: si estamos en peligro nos protegemos asustándonos y nos unimos a esa situación de peligro mediante la emoción que llamamos miedo. Entonces, como parte de la mejor respuesta posible de nuestro organismo para sobrevivir en ese momento y lugar, abrimos los ojos, levantamos nuestras manos poniéndolas en posición de garras y quizás gritamos para que vengan a ayudarnos o para asustar a lo que nos está amenazando, preparándonos para huir o para luchar.  Si nos atacan nos defendemos enojándonos y a esa emoción le llamamos ira; si necesitamos ayuda, que no nos abandonen o evitar que nos agredan, nos entristecemos, de esa forma vamos haciendo lo necesario para contactarnos de manera adecuada a cada situación que se nos presenta, ya que la emoción existe en nuestro cuerpo para hacer su trabajo en el momento y lugar donde se necesita. (si un perro te quiere morder sería bastante absurdo esperar otro momento para asustarse y escapar).

Explicado así parecerá sorprendente que, al igual que con los peos, durante nuestro desarrollo vamos siendo educados para retener nuestras emociones y a des-oír la natural sabiduría de nuestro organismo, que nos mueve a defendernos, protegernos, pedir ayuda etc…, y vamos poco a poco identificándonos con el mismo estándar ajeno y desde cierto punto de vista anti-natural, pero en fin, como dije antes … así es nuestra sociedad y aquí estamos, acostumbrados a vivir en un permanente divorcio de nosotros mismos.

El punto en que me quiero detener es el siguiente: para el caso de los peos, la educación social es más integral, ya que se nos enseña a retenerlos y también a liberarlos, entregándonos al menos algunas ideas, que se transforman en los recursos para echar mano cuando es necesario, de manera de recuperar nuestro bienestar con posterioridad a la retención. (“Tírate el peo en otro momento y lugar… pero tíratelo”), a fin de cuentas somos competentes para manejar nuestros peos; por su parte, en el caso de las emociones no hay tal educación integral y pasamos de ser niños que vivenciamos nuestras emociones de manera natural, liberándolas cuando es necesario; a adultos que retenemos nuestras emociones indefinidamente y sin saber qué hacer con ellas ni cuando, en general somos incompetentes en el manejo de nuestras emociones y también para enseñar esto a nuestros hijos, y por lo tanto vivimos en un cuasi-eterno ciclo de contacto poco armónico con el entorno, al interferir el trabajo de nuestras emociones y al no ser conscientes de lo que sucede al hacerlo.

El problema está, al igual que en el caso de los peos, en el malestar producido al retener una emoción, ya que, cuando las retenemos, nos sentimos con “una emoción atravesada”, que presenta los mismos peligros que sus parientes gaseosos: pueden escaparse en el momento y lugar que menos esperamos y nos podemos enfermar.

Si se nos escapa una emoción en un momento y lugar inesperado, las consecuencias pueden ser variadas: un ejemplo sería tratar mal a una persona que nada tenía que ver, por ejemplo con tu ira. Esto es muy común que suceda con padres que llegan con una emoción (ira) atravesada a la casa después de una discusión con su jefe en el trabajo y que se escapa a la hora de la cena terminando en una agresión física o psicológica a sus hijos. Otra consecuencia pueden ser por ejemplo las llamadas crisis de pánico, comunes entre adolescentes que, al tener atravesado el miedo al fracaso en los estudios, sienten que este se les escapa sin que lo puedan evitar en momentos y lugares donde aparentemente nada hay que temer.

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Al igual que los peos, las emociones necesitan ser liberadas, lo que permite que el cuerpo “haga” lo que su sabiduría le indica debió hacer ante una determinada situación, como por ejemplo defenderse si nos atacan, manteniendo de esta forma el armónico contacto con el ambiente. Así, si no te defiendes del ataque recibido en tu oficina o colegio, y retienes esa emoción, seguramente andarás “a la defensiva” durante algunas horas o días, y tu defensa la harás con otras personas en otros momentos y lugares, tal como si se te escapara el peo cuando no querías que esto sucediera…en el fondo, cuando se escapa un peo o una emoción, tu cuerpo busca recuperar su equilibrio.

¿Qué hacer entonces?

Bueno, aprovechando la educación para el manejo de los peos que seguramente has recibido, te propongo en primer lugar  que te “tires tus emociones” cada vez que te sientas emocionada (o) y las expreses con todos los recursos que estén a tu alcance en ese momento para hacerte entender y liberarlas; ahora bien, si lo crees necesario en una determinada situación: “retén” tu emoción y aguanta el malestar, tomando eso si consciencia de que en ese momento tu equilibrio se ha perdido; luego ve a otro lugar o espera otro momento y “tírate esa emoción” para recuperar tu equilibrio, ya sea en soledad o acompañada de personas de confianza, grita lo que se merecía tu jefe, padre o profesor, golpea algo que lo represente, rompe algo en su nombre, graba un mensaje de audio con tus peores gritos de ira, y libera esa emoción que retuviste, hazte cargo de ella y no la dejes indefinidamente retenida, causando malestar. Hacerlo de esta forma es sano en el sentido de liberar a tu cuerpo de lo que necesita liberarse y también porque no dañarás a nadie y evitarás, por cierto un mal rato para ti y para los demás.

También a la luz de nuestra educación en el “manejo de los peos” podemos seguir la misma lógica en el sentido de sentirnos en confianza para poder liberar las emociones en nuestro hogar, aceptándonos con lo que sentimos y expresamos e integrando la vivencia emocional como parte de las relaciones sanas en el hogar, ya sea que sintamos ira, miedo, tristeza, alegría o cualquier otra emoción, y solo necesitaremos soportar por un rato su eventual “mal olor”.

Al igual que para el caso de sus parientes lejanos, (los peos) el problema no es la emoción, digamos “sentirla” o “expresarla”, el problema es el efecto, el daño que puede causar a otro o a ti misma (o).

Así que, finalmente te dejo esta invitación: si tú crees que, tal como en el caso de los peos, el buen manejo de ellos es que te los tires en un momento y lugar en que no afecte a otros…cuando sientas que es poco adecuado “tirarte” una emoción justo en el momento en que lo necesitas, bueno “tíratela después…pero tíratela”.

Sentirás un gran alivio de liberar ese peito emocional retenido que tanto malestar te causó.

 

Hugo Huerta Fernández
Psicólogo-Gestaltista
Cerro Alegre, Valparaíso
+56 9 6418 5626

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