UN CARABINERO LE DISPARA A UN TAXISTA MIENTRAS NUESTROS NIÑOS APRENDEN A MATAR.

Este posteo está dedicado a  papás y mamás, nuevamente como en otras oportunidades me decido a escribir especialmente para ustedes, en este hermoso y a veces difícil camino que hemos elegido de acompañar a nuestros hijos en su desarrollo como personas.

Como siempre, compartiré con ustedes conocimientos y vivencias que, como psicólogo y padre me tocan afrontar, en la consulta …y en la vida; porque así es: probablemente ustedes y yo vamos por un camino parecido, acompañémonos!

Así que la invitación es a que “dialoguemos” respecto de un tema que para mí es muy importante, a propósito de lo sucedido la madrugada del miércoles 13 de junio de 2018 en Santiago, donde un carabinero le disparó dos tiros a un taxista luego de que éste último se negara a detener su vehículo y lo usara para empujar al policía uniformado.

La discusión en nuestro país ha sido muy amplia y uno de los aspectos más discutidos ha sido la acción que involucra específicamente al carabinero: dispararle al taxista.

La pregunta de fondo ha sido: ¿era necesario disparar?

Respetando la experiencia personal y la labor del carabinero involucrado (para quien aparentemente lo fue), como sociedad nos hemos planteado esta pregunta que tiene que ver con las restricciones legales, protocolos de acción, criterios de decisión y elementos de juicio que hemos desarrollado para facilitar el trabajo de la policía y también para que, como ciudadanos comunes, confiemos en que las personas a cargo de nuestra seguridad harán uso de la fuerza letal solamente como último recurso, para un fin aceptable desde el punto de vista del costo-beneficio; toda vez que como humanidad hemos llegado al consenso de que cada uno de nosotros (policías, ladrones y todos los demás) tenemos, como premisa fundamental:  el derecho a vivir.

Así, la discusión se ha mantenido y finalmente serán los tribunales de justicia los encargados de esclarecer desde el punto de vista del derecho, si lo que el carabinero y el taxista hicieron estuvo bien o mal.

Herir de un balazo y agredir o matar a alguien (acciones en juego en el caso relatado), son en todo caso, algo que me atrevería a decir consideramos como “malo” a menos que estén presentes circunstancias específicas como la “defensa propia”, donde cada uno de nosotros tiene el derecho de hacerse cargo del cuidado de su propia vida y de la vida del prójimo.

En medio de este contexto, aunque sin estar preocupado de la situación de las noticas que les relaté, mi hijo mayor de 9 años se acercó a mí para saber si podía descargar en su tablet un videojuego llamado “Free Fire”, que, según él se encontraba de moda entre sus compañeritos de 4 básico. De tal forma que, junto a mi esposa observamos la descripción y le pedimos que nos mostrara la acción del juego.

Poco a poco fuimos descubriendo de que se trataba el juego, como muchos otros se desarrolla en un contexto de acción y armas, con la diferencia de que, en este caso y tal como su nombre lo indica en una correcta interpretación al español, se trata de  “Matar sin restricciones”, o: “libertad para matar”. Básicamente, gana quien mata a los demás participantes, quienes conviven en el juego tratando de sobrevivir, buscando armas que les permitan matar de la forma más efectiva.

El diálogo con nuestro hijo se desarrollaba en nuestro hogar y, naturalmente le explicamos que ese no era un juego apropiado para él y no por su edad solamente, sino porque matar personas no es algo que esté dentro del límite de lo que, como padres le facilitaremos aprender, es decir: “no es algo que los demás de nuestro hogar queremos hacer”, dicho de otra forma: “hasta aquí puedes llegar, tal como lo hacemos los demás en nuestro hogar”se trata entonces de un límite de seguridad marcado por los padres. Sin embargo atendimos e hicimos consciente para todos lo que significaba esta “satisfacción” de destruir cosas, como una forma de depositar su ira contenida por múltiples vivencias que él estaba experimentando. Hablamos entonces de las exigencias académicas, de dificultades con profesores y también de ciertas restricciones impuestas en nuestro hogar, con cambios que evaluaremos y que posiblemente sean mejor recibidos que el videojuego. Dialogamos fundamentalmente acerca del sentido de la defensa propia en el uso de las armas y de cómo y por qué ciertas personas de nuestra sociedad las pueden usar y quienes y por qué no, lo que enriqueció finalmente la discusión, con fundamentos de ambas partes, manteniéndose el límite impuesto para este juego y quedando abierta la discusión para otros juegos similares de acuerdo a su contexto y contenido. Obviamente, no podemos estar seguros de que el juegue o no este juego cuando esté con sus compañeritos, pero en el contexto de la socialización primaria, hemos marcado los límites del grupo al que él pertenece.

¿Y por qué el deseo de jugar a matar?

Es de cierto modo comprensible, en todo caso, que el deseo de destrucción esté presente en nuestros niños, toda vez que se enfrentan a un sinnúmero de obstáculos  en sus  existencias aún en ciernes: exigencia académica, rutinas exigentes, presión de los padres, deseos incumplidos, cambios de casa, cambios de colegio entre otros muchos  factores que ellos pueden ver como “agresiones” de las que defenderse, todo lo cual inevitablemente genera en sus cuerpos la figura de la ira como una efectiva facilitadora del rompimiento de obstáculos, por lo que, seguramente un juego donde tengan la posibilidad de matar personas viene a ser una manera incluso sana de liberar toda su ira contenida (más sana que la autoagresión-por ejemplo), pero léanme bien por favor: hay opciones más sanas que simular una matanza indiscriminada.

Es solo un juego:

 “Es solo un juego”, podrían argumentar algunos al leerme…y sí, es un juego que de paso refuerza la conducta matar a otras personas (de manera virtual pero  con extremo realismo y de manera explícita), generando de esta forma un aprendizaje: “Matar es bueno”. El refuerzo (premio) de la acción de matar produce una satisfacción que nace en los circuitos dopaminérgicos de nuestros cerebros, luego de lo cual queremos repetir la experiencia de ese placer: nos transformamos en adictos, y más aún, si no obtenemos la experiencia gratificante nuevamente: sufrimos.

Otro efecto que facilita el aprendizaje de nuestros niños respecto del tema de “matar” es la desensibilización ante esta acción: matar a alguien virtualmente no nos permite ver como se desvanece antes de morir, ni escuchar sus gritos de dolor, ni sus suplicas ni sus últimos movimientos, ni el cambio del cuerpo cuando definitivamente muere; es decir la parte de mayor atrocidad queda invisible a los ojos del jugador y se genera por cierto, una total distancia emocional con la víctima, creándose finalmente, gracias al realismo de los demás elementos del juego, la sensación de que “matar es fácil”.

 

Peligro Inminente:

En la segunda Guerra Mundial, el ejército de los Estados Unidos, descubrió que cerca de un 80% de los soldados prefirió no disparar al enemigo aun cuando estuvieran en riesgo sus propias vidas o las de sus  compañeros de combate (Grossman, 1995). La razón era muy fácil de entender: Habían sido educados en una sociedad que creía que matar era malo y no contaron con un entrenamiento adecuado: nunca habían disparado a personas.

Sin embargo, en la guerra de Vietnam esto cambió y el porcentaje de soldados que no estaba dispuesto a matar a un enemigo fue de un 5% (es decir un 95 % si estuvo dispuesto).

¿Qué cambió esto? La sencilla introducción del entrenamiento de tiro a blancos de silueta humana que caían al recibir una bala y premiar a los mejores tiradores.

La lógica de este entrenamiento es la misma que es aplicada a nuestros niños en los videojuegos: se premia por disparar a lo que parece un humano.

El aumento de los soldados que estuvieron dispuestos a matar enemigos es sorprendente, y debemos considerar que la tecnología empleada actualmente supera con creces la utilizada con ellos en ese tiempo, por lo que podríamos decir que para nuestros niños podría ser potencialmente igual o más fácil matar a una persona luego de que su aprendizaje haya sido integrado mediante los videojuegos.

¿te parece algo entretenido para tus hijos aún?

Cabe hacer presente que, en el entrenamiento de los soldados existe la conciencia de disparar solo a los enemigos e incluso solo a aquellos que se oponen al cumplimiento de su misión, en cambio en juegos como “Free Fire” no existen estas reglas y todas las muertes son premiadas sin ningún requisito más que su ejecución por parte del jugador.

El último peligro que les mencionaré es el del potencial daño psicológico y no hablo solamente del causado por este potencial aprendizaje indiscriminado sino del posterior a la experiencia real de matar.

Los soldados que participaron en guerras y que han enfrentado por primera vez la experiencia de matar, han resultado dañados psicológicamente, porque como mencioné anteriormente, la silueta usada como blanco no grita de dolor, las personas sí. Y la culpa que acarrea ese recuerdo es para toda la vida o al menos causará gran dolor. Esto no es posible de replicar en los videojuegos.

No todo es tan malo:

Felizmente en nuestro país las armas no están disponibles en las góndolas de los supermercados, ni existen armerías donde un joven que recién cumpla su mayoría de edad pueda comprar un arma de manera tan fácil como lo es por ejemplo en Estados Unidos. Siendo así la cosa, estamos “salvados” por el momento de que alguno de nuestros jóvenes decida,  por alguna razón, aplicar el aprendizaje adquirido en los videojuegos en una matanza a sus compañeros de curso en el colegio tal como en tantas ocasiones ha sucedido en el país del Norte de nuestro continente.

Por otro lado, el hecho de que tu hijo juegue videojuegos violentos no quiere decir que se transforme en un “killer”, sin embargo facilita su aproximación al uso de las armas y a la conducta de matar. Por eso es importante el diálogo para mantener todo en contexto, y también facilitar a tus hijos el empleo de juegos con la “consciencia” que les permita su desarrollo.

Palabras finales:

Los cuestionamientos y preguntas aplicados al Carabinero por hacer uso de su arma contra el taxista podríamos llevarlos también, a modo de analogía a los juegos de nuestros niños, tanto en el mundo virtual como al uso de armas y juegos que consideren “matar” a sus amiguitos…¿no les parece al menos una idea razonable limitar-conscientizar también el tipo de violencia virtual que permitimos usar a nuestros hijos?.

No todos los videojuegos son malos y sin duda permiten desarrollar muchas habilidades cognitivas y sociales al jugar en grupos, equipos, desarrollar estrategias y planificación, facilitándose incluso la lectura comprensiva, el uso del idioma inglés entre otras ventajas.

Quizás necesitamos como sociedad estar más alerta a lo que estamos facilitando a nuestros niños, en aquello que les estamos enseñando y como padres mantener el diálogo y la confianza con nuestros hijos, abrir los temas y por sobre todo: saber a qué están jugando, en resumen cumplir con nuestra labor de socialización primaria.

En este sentido y como una conclusión muy importante, es necesario atender la ira de nuestros hijos, que busca cerrarse o satisfacerse en juegos violentos. Esto significa por un lado darnos cuenta de que si están interesados en destruir, es porque perciben muchos obstáculos a su alrededor. Entonces podemos tomar esto en consideración y hacer sus vidas más fáciles de sobrellevar, e incluso facilitar y respetar la expresión de su ira en opiniones, deseos u otras actividades donde la destrucción de cosas esté permitida.

En el tráfago de nuestras actividades diarias como adultos, pasan a veces inadvertidas las vivencias de nuestros compañeros pequeñitos mientras que ellos buscan la forma de estar mejor, una mirada a lo que ellos juegan nos puede iluminar respecto de sus necesidades y hacerlos conscientes también a ellos.

Todo esto en una sociedad en la que con mucha vehemencia y preocupación cuestionamos a un carabinero por disparar a otro ciudadano de nuestro país, haciendo referencia a una serie de restricciones por respeto al derecho a la vida de todos los seres humanos (extensivo a los animales), mientras que nuestros hijos podrían estar aprendiendo a matar, sin restricciones…en nuestro propio hogar.

 

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Hugo Huerta Fernández
Psicólogo-Gestaltista
Cerro Alegre, Valparaíso
+56 9 6418 5626

Atención para:
Ansiedad-crisis de pánico-depresión-manejo de emociones.

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